
Cuando terminé la carrera, hace ya tantos años que casi ni me acuerdo, quería trabajar en cualquier sitio menos en banca. Y en banca terminé trabajando más de 20 años aprendiendo a querer y disfrutar mucho de lo que hacía. Encontré un camino inesperado que me dio mucho.
Lo que empezó casi por azar se convirtió en dos décadas de disfrutar, aprender y, para mi propia sorpresa, querer de verdad lo que hacía. A veces, el mejor camino es el que no te planeaste.
Lo mismo me está pasando con el venture capital. Hay días que me levanto preguntándome qué me llevó a hacer esto hace diez años, porque es un camino duro, con momentos de sufrimiento brutales. Pero he aprendido a quererlo. La recompensa es el aprendizaje permanente: ver cómo emprendedores extraordinarios evolucionan la manera de hacer las cosas, de construir la economía, de cambiar la sociedad. Eso no te lo da ninguna otra profesión, más aún si lo haces acompañada de un equipo sólido y que te da la mano siempre que lo necesitas.
Me encanta recordar ese 26 de julio de 2016. Una llamada de Iñaki que me confirmaba que habíamos cerrado nuestro primer fondo, K Fund 1. El momento en que ya no había marcha atrás había llegado. Fue una emoción rara, mezcla de alivio y vértigo. “Este dinero no es nuestro. Es de gente que confió en que tres personas que nunca habían levantado un fondo iban a ser capaces de encontrar a los mejores emprendedores de España y ayudarles a hacer grandes empresas de tecnología”. Una gran responsabilidad.
Alguien dijo después, medio en broma, que el fondo se cerró tan cerca del día de Santiago porque había algo de magia gallega en el aire. Es verdad que somos varios en el equipo con alguna conexión con Galicia. No sé si es casualidad, pero me gusta pensar que esa fecha tuvo que ver. Hay algo en nuestra manera de hacer las cosas que es muy “gallega”: trabajo constante, discreción, sin vender humo. Construir sin ruido, con la cabeza agachada.
Esa noche no dormí mucho. Sabía que a partir de ahí comenzaba lo difícil. No queríamos simplemente gestionar un fondo de venture capital, queríamos construir una firma de inversión en tecnología relevante y que perdurara en el tiempo.
Sin duda muchas cosas y cosas buenas.
Lo que más destacaría es el cambio en los emprendedores. Cuando empezamos en 2016, los emprendedores españoles tenían claro que querían construir buenas empresas. Pero aún faltaba algo de conocimiento. Faltaba acceso a capital. Faltaba conexión con el mundo exterior. Muchos estudiaban modelos que funcionaban en Estados Unidos o en otros mercados y los adaptaban al mercado local. No era "copiar", como si fuera algo malo. Era aprender. Era intentar entender qué funcionaba y por qué.
Lo que ha pasado en estos diez años es que esos mismos emprendedores, y los que vinieron después, aceleraron brutalmente su curva de aprendizaje y han sido fuente de nuevas empresas cada más avanzadas.
Me gusta pensar que hemos puesto nuestro granito de arena en este cambio. No solo por la aportación de capital si no porque desde Kfund hicimos un esfuerzo enorme de divulgación: newsletters semanales, eventos, contenido constante sobre métricas, go-to-market, hiring, cultura. No porque fuéramos los que más sabíamos, sino porque creíamos que compartir conocimiento aceleraba a todo el ecosistema. Nuestro lema siempre ha sido “through connecting generosity you can create magic”. Y funcionó.
Los datos no dejan lugar a dudas sobre esta metamorfosis. Ya no solo hablamos de que las rondas sean más grandes, sino de una sofisticación estructural:
Hace diez años, el éxito era levantar dinero; hoy, el éxito es lo que eres capaz de construir con la mitad de capital que tu competidor americano. La escasez nos hizo más fuertes.
Una de las cosas que más han cambiado en estos años es el propio ciclo tecnológico y, con él, la barrera de entrada para crear empresas. Pasamos por distintas “olas” que han ido bajando radicalmente esa barrera: primero internet, luego el móvil, después el SaaS… y ahora la IA. Cada ola ha hecho más fácil construir producto y llegar a una primera versión que funcione. Y eso cambia el juego: la dificultad ya no está solo en crear, sino en llegar antes, ganar distribución, conquistar el mercado antes que otros. Por eso la clave se ha desplazado hacia el go-to-market: saber posicionar, vender, crecer y escalar ejecución con velocidad y foco.
Ahora se construyen empresas globales desde el día uno. Ya no construyen para España, se mira el mundo entero. Algunos ejemplos que conozco bien: Factorial es hoy un SaaS de recursos humanos con clientes en docenas de países. Bdeo aplica computer vision a seguros y opera en tres continentes. Abacum está creando una categoría nueva en FP&A para CFOs globales. Esto no existía hace diez años. Y no solo cambió el tipo de empresa que se crea. Cambió la ambición, cambió el talento que se atrae, cambió todo.
Construir una firma, no construir solo un fondo, ha sido nuestra obsesión desde el día 1.
Para ello necesitas trabajar el presente mientras proyectas el futuro, creando un equipo heterogéneo, complementario, con visión y capacidad de crecer y atraer a las nuevas generaciones. Construir algo relevante es imposible solo. Y con las personas equivocadas, también.
En estos diez años hemos pasado:
Un crecimiento que ha surgido de forma natural y que nos ha hecho por encima de todo aprender y haber vivido muchas experiencias de inversión.
Nuestra contribución no es especial ni heroica. Es crear infraestructura. Ponemos capital. Ayudamos en go-to-market, en contratación, en internacionalización. Conectamos con otros inversores. Intentamos subir los estándares de profesionalización. Hay muchos otros que hacen lo mismo. Juntos, construimos el tejido que permite que los mejores founders tengan el soporte que necesitan.
En estos diez años he aprendido que el venture capital es el trabajo más difícil que he hecho en toda mi carrera, pero no es una profesión heroica, ni de glamour; es una profesión de servicio en el sentido más amplio de la palabra.
La responsabilidad en este trabajo es doble: con los inversores que te confiaron su dinero, y con los emprendedores que apuestan su vida en proyectos que tú decides apoyar. Esa responsabilidad pesa. Y debe pesar.
La paciencia es obligatoria. Los ciclos son largos: validar modelo, encontrar product-market fit, escalar ventas, construir cultura, internacionalizar... todo lleva años. Y el fracaso es estadístico. La mayoría de las inversiones no devuelven capital. Saberlo no lo hace más fácil cuando pasa.
Recuerdo la primera vez que una empresa nuestra cerró. No fue un pivot ni una adquisición. Fue un cierre. Durante meses trabajamos con el equipo intentando salvarla. No pudimos.
Me di cuenta de dos cosas esa semana. Primero: hay límites a lo que puedes controlar como inversor. No importa cuánto trabajes, cuánto ayudes, cuánto te involucres. Hay cosas que no dependen de ti. Segundo: la empatía con el founder es obligatoria, pero la culpa es inútil. Puedes sentirte mal. Debes sentirte mal. Pero hundirte en la culpa no ayuda a nadie, y menos al siguiente founder que necesita tu cabeza clara para tomar decisiones.
Desde entonces se que hay muchas piezas que se escapan de nuestro control y que el factor suerte existe por más que a veces los inversores nos las demos de visionarios. Creo que el VC te obliga a ser cada día más humilde, a entender que en realidad no sabes nada y que el mundo va mucho más rápido de lo que uno puede asumir. Mucho más en la nueva era de inteligencia artificial que estamos viviendo.
La ilusión te hace empezar. La humildad te hace durar.
Diez años parecen una vida, pero si queremos que esta firma dure cien más, pues apenas estamos empezando. Suena ambicioso, y lo es. El futuro nos exige ya dejar de pensar en líneas rectas para empezar a pensar en curvas exponenciales. Estoy profundamente orgullosa de lo que hemos construido juntos, pero tengo un orgullo inquieto: los emprendedores han madurado más rápido que las gestoras de fondos y que las instituciones. Ahora nos toca a nosotros ponernos a su altura.
Para que España no sea solo un lugar donde nacen startups, sino el hub donde se consolidan las scaleups del mañana, tenemos tareas pendientes que no admiten más prórrogas:
Lo que construimos entre todos (founders, inversores, corporates, sector público) determina qué país dejamos. España tiene el talento, tiene la ambición, tiene el conocimiento. Lo que falta es compromiso estructural: que ese talento no se vaya, que esa ambición tenga capital suficiente, que ese conocimiento se convierta en empresas globales.
Han pasado casi diez años y sigo con el mismo vértigo que aquel primer día. Volvemos a empezar. Con los errores aprendidos, con la humildad de saber cuánto no sabemos, pero con la misma convicción de siempre. Sigo creyendo que una buena idea puede cambiarlo todo. Y sigo pensando que ayudar a alguien a construir algo grande es el mejor trabajo que hay.
El entorno ha cambiado. La IA no es solo una tesis de inversión: es algo que ya ha cambiado cómo trabajamos, cómo evaluamos, cómo ayudamos. Y tenemos que estar a la altura. Pero lo que no cambia es esto: seguimos apostando por gente que quiere construir cosas que no existen. Y seguimos aprendiendo de ellos cada día.
No nos basta con crecer en tamaño; estamos transformando nuestra propia arquitectura. En este nuevo ciclo, la Inteligencia Artificial no es solo una tesis de inversión o una moda pasajera: es el motor con el que estamos reconstruyendo Kfund desde dentro.
Al igual que pedimos a nuestras participadas que se repiensen, nosotros lo estamos haciendo. Estamos convencidos de que la IA es el mayor acelerador del potencial humano que hemos visto. En nuestra casa, la tecnología no viene a sustituir el criterio, sino a liberarlo de lo mundano. Nos permite ir más rápido, analizar con una profundidad antes impensable y, sobre todo, empoderar a la gente joven de nuestro equipo. La IA les da "superpoderes" analíticos, permitiéndoles aportar un valor estratégico que antes requería décadas de experiencia acumulada. Con una capacidad de ejecución multiplicada, estamos decididos a liderar la financiación tecnológica en España desde la vanguardia y no desde la retaguardia.
No celebramos una década que termina. Empezamos la siguiente con más oficio, más tecnología, más escala, más ambición y la misma ilusión.
Es, otra vez, nuestro Día uno.
Cuando terminé la carrera, hace ya tantos años que casi ni me acuerdo, quería trabajar en cualquier sitio menos en banca. Y en banca terminé trabajando más de 20 años aprendiendo a querer y disfrutar mucho de lo que hacía. Encontré un camino inesperado que me dio mucho.
Lo que empezó casi por azar se convirtió en dos décadas de disfrutar, aprender y, para mi propia sorpresa, querer de verdad lo que hacía. A veces, el mejor camino es el que no te planeaste.
Lo mismo me está pasando con el venture capital. Hay días que me levanto preguntándome qué me llevó a hacer esto hace diez años, porque es un camino duro, con momentos de sufrimiento brutales. Pero he aprendido a quererlo. La recompensa es el aprendizaje permanente: ver cómo emprendedores extraordinarios evolucionan la manera de hacer las cosas, de construir la economía, de cambiar la sociedad. Eso no te lo da ninguna otra profesión, más aún si lo haces acompañada de un equipo sólido y que te da la mano siempre que lo necesitas.
Me encanta recordar ese 26 de julio de 2016. Una llamada de Iñaki que me confirmaba que habíamos cerrado nuestro primer fondo, K Fund 1. El momento en que ya no había marcha atrás había llegado. Fue una emoción rara, mezcla de alivio y vértigo. “Este dinero no es nuestro. Es de gente que confió en que tres personas que nunca habían levantado un fondo iban a ser capaces de encontrar a los mejores emprendedores de España y ayudarles a hacer grandes empresas de tecnología”. Una gran responsabilidad.
Alguien dijo después, medio en broma, que el fondo se cerró tan cerca del día de Santiago porque había algo de magia gallega en el aire. Es verdad que somos varios en el equipo con alguna conexión con Galicia. No sé si es casualidad, pero me gusta pensar que esa fecha tuvo que ver. Hay algo en nuestra manera de hacer las cosas que es muy “gallega”: trabajo constante, discreción, sin vender humo. Construir sin ruido, con la cabeza agachada.
Esa noche no dormí mucho. Sabía que a partir de ahí comenzaba lo difícil. No queríamos simplemente gestionar un fondo de venture capital, queríamos construir una firma de inversión en tecnología relevante y que perdurara en el tiempo.
Sin duda muchas cosas y cosas buenas.
Lo que más destacaría es el cambio en los emprendedores. Cuando empezamos en 2016, los emprendedores españoles tenían claro que querían construir buenas empresas. Pero aún faltaba algo de conocimiento. Faltaba acceso a capital. Faltaba conexión con el mundo exterior. Muchos estudiaban modelos que funcionaban en Estados Unidos o en otros mercados y los adaptaban al mercado local. No era "copiar", como si fuera algo malo. Era aprender. Era intentar entender qué funcionaba y por qué.
Lo que ha pasado en estos diez años es que esos mismos emprendedores, y los que vinieron después, aceleraron brutalmente su curva de aprendizaje y han sido fuente de nuevas empresas cada más avanzadas.
Me gusta pensar que hemos puesto nuestro granito de arena en este cambio. No solo por la aportación de capital si no porque desde Kfund hicimos un esfuerzo enorme de divulgación: newsletters semanales, eventos, contenido constante sobre métricas, go-to-market, hiring, cultura. No porque fuéramos los que más sabíamos, sino porque creíamos que compartir conocimiento aceleraba a todo el ecosistema. Nuestro lema siempre ha sido “through connecting generosity you can create magic”. Y funcionó.
Los datos no dejan lugar a dudas sobre esta metamorfosis. Ya no solo hablamos de que las rondas sean más grandes, sino de una sofisticación estructural:
Hace diez años, el éxito era levantar dinero; hoy, el éxito es lo que eres capaz de construir con la mitad de capital que tu competidor americano. La escasez nos hizo más fuertes.
Una de las cosas que más han cambiado en estos años es el propio ciclo tecnológico y, con él, la barrera de entrada para crear empresas. Pasamos por distintas “olas” que han ido bajando radicalmente esa barrera: primero internet, luego el móvil, después el SaaS… y ahora la IA. Cada ola ha hecho más fácil construir producto y llegar a una primera versión que funcione. Y eso cambia el juego: la dificultad ya no está solo en crear, sino en llegar antes, ganar distribución, conquistar el mercado antes que otros. Por eso la clave se ha desplazado hacia el go-to-market: saber posicionar, vender, crecer y escalar ejecución con velocidad y foco.
Ahora se construyen empresas globales desde el día uno. Ya no construyen para España, se mira el mundo entero. Algunos ejemplos que conozco bien: Factorial es hoy un SaaS de recursos humanos con clientes en docenas de países. Bdeo aplica computer vision a seguros y opera en tres continentes. Abacum está creando una categoría nueva en FP&A para CFOs globales. Esto no existía hace diez años. Y no solo cambió el tipo de empresa que se crea. Cambió la ambición, cambió el talento que se atrae, cambió todo.
Construir una firma, no construir solo un fondo, ha sido nuestra obsesión desde el día 1.
Para ello necesitas trabajar el presente mientras proyectas el futuro, creando un equipo heterogéneo, complementario, con visión y capacidad de crecer y atraer a las nuevas generaciones. Construir algo relevante es imposible solo. Y con las personas equivocadas, también.
En estos diez años hemos pasado:
Un crecimiento que ha surgido de forma natural y que nos ha hecho por encima de todo aprender y haber vivido muchas experiencias de inversión.
Nuestra contribución no es especial ni heroica. Es crear infraestructura. Ponemos capital. Ayudamos en go-to-market, en contratación, en internacionalización. Conectamos con otros inversores. Intentamos subir los estándares de profesionalización. Hay muchos otros que hacen lo mismo. Juntos, construimos el tejido que permite que los mejores founders tengan el soporte que necesitan.
En estos diez años he aprendido que el venture capital es el trabajo más difícil que he hecho en toda mi carrera, pero no es una profesión heroica, ni de glamour; es una profesión de servicio en el sentido más amplio de la palabra.
La responsabilidad en este trabajo es doble: con los inversores que te confiaron su dinero, y con los emprendedores que apuestan su vida en proyectos que tú decides apoyar. Esa responsabilidad pesa. Y debe pesar.
La paciencia es obligatoria. Los ciclos son largos: validar modelo, encontrar product-market fit, escalar ventas, construir cultura, internacionalizar... todo lleva años. Y el fracaso es estadístico. La mayoría de las inversiones no devuelven capital. Saberlo no lo hace más fácil cuando pasa.
Recuerdo la primera vez que una empresa nuestra cerró. No fue un pivot ni una adquisición. Fue un cierre. Durante meses trabajamos con el equipo intentando salvarla. No pudimos.
Me di cuenta de dos cosas esa semana. Primero: hay límites a lo que puedes controlar como inversor. No importa cuánto trabajes, cuánto ayudes, cuánto te involucres. Hay cosas que no dependen de ti. Segundo: la empatía con el founder es obligatoria, pero la culpa es inútil. Puedes sentirte mal. Debes sentirte mal. Pero hundirte en la culpa no ayuda a nadie, y menos al siguiente founder que necesita tu cabeza clara para tomar decisiones.
Desde entonces se que hay muchas piezas que se escapan de nuestro control y que el factor suerte existe por más que a veces los inversores nos las demos de visionarios. Creo que el VC te obliga a ser cada día más humilde, a entender que en realidad no sabes nada y que el mundo va mucho más rápido de lo que uno puede asumir. Mucho más en la nueva era de inteligencia artificial que estamos viviendo.
La ilusión te hace empezar. La humildad te hace durar.
Diez años parecen una vida, pero si queremos que esta firma dure cien más, pues apenas estamos empezando. Suena ambicioso, y lo es. El futuro nos exige ya dejar de pensar en líneas rectas para empezar a pensar en curvas exponenciales. Estoy profundamente orgullosa de lo que hemos construido juntos, pero tengo un orgullo inquieto: los emprendedores han madurado más rápido que las gestoras de fondos y que las instituciones. Ahora nos toca a nosotros ponernos a su altura.
Para que España no sea solo un lugar donde nacen startups, sino el hub donde se consolidan las scaleups del mañana, tenemos tareas pendientes que no admiten más prórrogas:
Lo que construimos entre todos (founders, inversores, corporates, sector público) determina qué país dejamos. España tiene el talento, tiene la ambición, tiene el conocimiento. Lo que falta es compromiso estructural: que ese talento no se vaya, que esa ambición tenga capital suficiente, que ese conocimiento se convierta en empresas globales.
Han pasado casi diez años y sigo con el mismo vértigo que aquel primer día. Volvemos a empezar. Con los errores aprendidos, con la humildad de saber cuánto no sabemos, pero con la misma convicción de siempre. Sigo creyendo que una buena idea puede cambiarlo todo. Y sigo pensando que ayudar a alguien a construir algo grande es el mejor trabajo que hay.
El entorno ha cambiado. La IA no es solo una tesis de inversión: es algo que ya ha cambiado cómo trabajamos, cómo evaluamos, cómo ayudamos. Y tenemos que estar a la altura. Pero lo que no cambia es esto: seguimos apostando por gente que quiere construir cosas que no existen. Y seguimos aprendiendo de ellos cada día.
No nos basta con crecer en tamaño; estamos transformando nuestra propia arquitectura. En este nuevo ciclo, la Inteligencia Artificial no es solo una tesis de inversión o una moda pasajera: es el motor con el que estamos reconstruyendo Kfund desde dentro.
Al igual que pedimos a nuestras participadas que se repiensen, nosotros lo estamos haciendo. Estamos convencidos de que la IA es el mayor acelerador del potencial humano que hemos visto. En nuestra casa, la tecnología no viene a sustituir el criterio, sino a liberarlo de lo mundano. Nos permite ir más rápido, analizar con una profundidad antes impensable y, sobre todo, empoderar a la gente joven de nuestro equipo. La IA les da "superpoderes" analíticos, permitiéndoles aportar un valor estratégico que antes requería décadas de experiencia acumulada. Con una capacidad de ejecución multiplicada, estamos decididos a liderar la financiación tecnológica en España desde la vanguardia y no desde la retaguardia.
No celebramos una década que termina. Empezamos la siguiente con más oficio, más tecnología, más escala, más ambición y la misma ilusión.
Es, otra vez, nuestro Día uno.